Encarbonada

Frente a las declaraciones de las autoridades ambientales tras la aprobación del complejo termoeléctrico Castilla, en Atacama, me declaro “encarbonada”: esto es, encabronada, enojada, enfadada por los efectos potenciales y actuales que tendrá la creciente carbonización de nuestra matriz energética, pero por sobre todo por las justificaciones que se usaron para defender dicho proyecto.

Me parece apropiado para esta ocasión acuñar el adjetivo “encarbonado” y el verbo, “encarbonar”, siguiendo la línea de los responsables de la aprobación de Castilla, una de cuyas estrategias fue jugar con las palabras… aunque de manera nada inocente.

Para empezar, cambiar la calificación de este mega proyecto de “contaminante” a “molesto” me parece una estrategia burda y poco seria, como aquella de la mona que se viste de seda para hacerle creer al mundo que es princesa. Las seis centrales a carbón con una capacidad de generación de 2.100 megawatts que se ubicarán a 80 kilómetros de Copiapó serán, sin duda, algo más que una molestia no sólo para sus vecinos humanos, sino para el mar de biodiversidad que se ubica a pocos kilómetros de allí (y que incluye, entre otros, pingüinos de Humboldt, tortugas y varias especies de aves marinas).

Me pregunto si este cambio de uso propuesto por el seremi de salud de esa región, Nicolás Baeza, se aplicará también a otras situaciones “contaminantes”. Quizás su par de la Región Metropolitana lo imite y decida por decreto, por ejemplo, que los santiaguinos desde ahora ya no viven bajo una nube de smog “contaminante”, sino tan sólo “molesta”. Así se acabaría por fin la restricción vehicular, las emergencias y las preemergencias y todos esos escenarios críticos que afectan no sólo los pulmones de los habitantes, sino también la productividad económica. ¡La solución perfecta al problema!

En cuanto a las siguientes declaraciones de la intendenta de Atacama, Ximena Matas, éstas merecen análisis aparte. Decir que “todo proyecto que se ajuste a la normativa ambiental deberá ser aprobado, sin importar si, personalmente, somos partidarios o no del mismo”, y que “la comisión de evaluación no emite juicios de valor, porque es órgano técnico” acusa ingenuidad culpable e ignorancia etimológica, respectivamente. Lo primero es como aceptar que las reglas se escriben solas y que los seres humanos nos sometemos a ellas sin posibilidad de crítica ni análisis. Parte de tomar una buena decisión implica evaluar los criterios por los cuales se llega a ella; y tratar de que sean los mejores. Si la normativa ambiental es deficiente y mejorable, quien tiene que aplicarla debería obviamente pronunciarse al respecto. En cuanto a que las comisiones de evaluación no emiten juicios de valor, pues se da el caso que “evaluación” y “valor” comparten la misma raíz: evaluar es valorar. Y el deber de una comisión evaluadora, por muy técnica que sea, es valorar los antecedentes que se presentan, pero también el  marco mismo en que dicha evaluación acontece. Si no fuera así, ¿de qué otra manera podrían perfeccionarse las reglas que nos guían? En lugar de emitir juicios de valor, lo que la comisión sí emitirá (o permitirá emitir, gracias a su venia) serán toneladas de CO2 que la atmósfera no necesita… Una decisión como para encarbonar a cualquiera.

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