Sí, pero también…

Tengo una buena amiga australiana, ingeniera, que trabaja en un departamento de estado dedicado a mejorar la eficiencia energética de las cosas más diversas –desde motores de auto hasta refrigeradores y bombas de piscina. Aunque no me cabe duda de que sus intenciones son las mejores, frecuentemente chocamos acerca de lo que en realidad es la solución al problema. El otro día, por ejemplo, me contaba de un proyecto para convertir un alto porcentaje de los autos de Canberra, la capital australiana, de diesel y gas a electricidad. Considerando que la mayoría de los desplazamientos son distancias relativamente cortas, de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, bastaría con que los dueños dejaran cargando la batería cada noche para que el sistema funcionara, decía. A lo que repliqué que por qué mejor no se olvidaban de los autos, mejoraban la frecuencia y cobertura del transporte público y promovían el uso de las ya existentes y excelentes ciclovías. Con un aire de entre ingenuidad y desconcierto, respondió simplemente: “Porque no hay cultura para eso.”

En este país (o al menos en su capital), como ya me he quejado antes, el transporte público está reservado casi sólo para ancianos, estudiantes e inmigrantes pobres y uno que otro ciudadano que vive del seguro social. Los senderos de bicicleta, hay que decirlo, son espectaculares, pero su uso es eminentemente recreativo. Las frecuencias de los buses fuera de las horas punta son de uno por hora ¡ay la catástrofe de perderlo! Y los precios de los taxis son prohibitivos, a 15 dólares por un par de cuadras que no tardan más de diez minutos en recorrer.

Contra la respuesta de mi amiga, creo que la solución no es adaptar las medidas para mejorar la eficiencia energética a las costumbres ciudadanas, sino ir a la raíz y trabajar para cambiar estas últimas. Es cierto: modificar las actitudes de las personas tarda años, pero es una apuesta segura. Cuando era niña, por ejemplo, nadie en Chile usaba cinturón de seguridad y, de hecho, creo que la generación de mis padres todavía le hace el quite. Hoy en día, sin embargo, para la mayoría de los jóvenes ponerse el cinturón es lo natural y obvio. A fuerza de multas, partes y campañas de educación pública, se logró concientizar a choferes y pasajeros. La opción rápida en este caso habría sido, análogamente, acolchar las curvas peligrosas para que los choques hubieran sido menos dañinos. Afortunadamente, se entendió a tiempo que la “cultura” de la gente no es un dato fijo e inmóvil, sino maleable y sensible a los incentivos.

Son estas apuestas por cambiar de chip –id est, de actitud– las únicas que pueden enfrentar con éxito a largo plazo problemas como el excesivo uso del auto en la capital australiana,  o, para llevar el tema a casa, la ‘escasez’ energética en Chile. Esto no es decir no a los avances tecnológicos, sino “sí, pero también…”

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