Madres subrogantes

De que la Fe les costó cara a la actriz australiana, Nicole Kidman, y a su esposo, Keith Urban, no cabe duda: 150 mil dólares pagaron por ella a una clínica de Los Ángeles, California. ¿Fe, clínica, qué?  Sí, Faith (“Fe”, en inglés”) fue el nombre que le pusieron a su hija, nacida de óvulo de madre y esperma de padre, pero incubada en vientre ajeno… un vientre de alquiler.

En Australia y la mayor parte del mundo, el arriendo de vientres es una práctica prohibida por ley, lo que ha hecho florecer el negocio en países como India, Panamá y Estados Unidos, que no sólo la autorizan, sino que incluso la promueven, por medio de paquetes todo-incluido que se pelean por ofrecer el mejor precio. La agencia de turismo médico Planet Hospital, por ejemplo, dispone de una oferta de madres subrogantes por “sólo” 35 mil dólares: la pareja sólo tiene que viajar a India, someterse al tratamiento in vitro, volver a casa y esperar tranquilamente nueve meses antes de ir a retirar a su recién nacido retoño. Demás está decir que quien lleva el bulto por nueve meses no cobra esa suma, sino apenas una tercera parte. Siete mil dólares les pagan a las madres subrogantes – o portadoras gestacionales, o madres sustitutas– de la clínica Akanksha, en Anand, India, que es una de las más populares entre el público australiano. Harto bien pagado, dirá más de alguien. ¡Siete mil dólares para una pobre mujer india es una fortuna! Por lo demás, son dueñas de su cuerpo, así que ¿por qué no? Y más encima nadie les obliga a hacerlo.

Frente a estos argumentos, me asaltan las dudas y el escepticismo. Por supuesto, en términos absolutos, siete mil dólares es mucho dinero para millones de personas en el mundo, que nunca van a ver más de un dólar al día para rascarse la sobrevivencia. En el caso de estas mujeres, pertenecientes a las castas más bajas y vilipendiadas por sus pares (de hecho, viven en una “residencia” apartada del resto del mundo), es seguramente una suma irresistible, que les permitirá vivir por años, mantener a su familia, empezar un negocio, etc. Sin embargo, en términos relativos, el precio justo –si es que se puede hablar de justicia en este negocio– sería el que Nicole o aquellas en su situación cobrarían por los mismos servicios… si estuvieran dispuestas a prestarlos.

En cuanto a quienes sostienen que estas mujeres son dueñas de su cuerpo y pueden por ende hacer con él lo que estimen conveniente, respeto la moción, siempre y cuando se aplique el principio de tratar los casos similares de manera similar, y se acepten otras prácticas análogas como la prostitución y la venta de órganos (propios, al fin).

A propósito de esto último, me reservo la duda con respecto a que llevar el hijo de otra en vientre propio es una decisión libre. India es también uno de los países con el mayor tráfico ilegal de órganos que, supuestamente, son voluntariamente vendidos. Hay que pecar de ingenuidad culpable para pensar que alguien que opta por perder un riñón a cambio de un par de miles de dólares lo hace de manera realmente autónoma, sin presiones e incluso frente a la existencia de otras alternativas. Creo que lo mismo sucede en el caso de los vientres de alquiler: puestas entre la espada y la pared, quienes optan por arrendar su útero no están realizándose como mujeres en el trabajo soñado, sino optando por el mal menor.

Más información sobre los diferentes motivos de las madres subrogantes en Estados Unidos puede encontrarse en La curiosa vida de las madres subrogantes.

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