Vanu ¿qué?, Parte I

¡Vanuatu! Un joven país que cumplió 30 años de independencia en julio pasado, y que hasta entonces era conocido como las Nuevas Hébridas: 83 pequeñas islas navegando por el gran océano Pacífico, a una hora y media en avión de Fiji y a dos de la costa noreste de Australia.

Todo partió con una inocente promoción ida y vuelta, de ésas que una compra cuando baja el bichito de las vacaciones y no se tiene claro el destino, pero sí el presupuesto. Luego, por esas mágicas casualidades que nos dejan preguntándonos por la Providencia, una amiga arqueóloga me explicó que su especialidad era este archipiélago en medio de la Polinesia, y que ella –si es que me interesaba conocer más de los modos de vida de esa gente– me podía conseguir un lugar donde quedarme. ¿A quién le dijeron! Los apuntes de antropología social que creía perdidos para siempre en un rincón oscuro de mi cerebro se volvieron a activar, y comencé a recordar lo que alguna vez había estudiado: que en estas islas se practicó el canibalismo hasta entrado el siglo XX, que la palabra “tabú” tenía su origen en estos lares y que ciertas similitudes entre esta cultura y la de Sudamérica occidental hacían pensar que estos avezados navegantes se las habían arreglado para cruzar hasta el continente, palmo a palmo.

Partiendo por el final, dicho y hecho: llegada el primer día a una casa de familia donde la cocina era un fogón cubierto con hojas de coco, lo primero que llamó mi atención fue un olor familiar. Era el lap-lap, comida típica de la zona que es la antecesora del curanto y que se prepara igual, sólo que con diferentes ingredientes: el ñame rallado y mezclado con leche de coco equivale al milcao (y tiene un gusto bastante similar). Encima va la carne que pillen (si es que pillan) y luego grandes hojas de papaya cubiertas no de champas (a la chilota), sino de hojas de coco secas y prensadas.

Mujeres vendiendo lap-lap en el mercado de Port-Vila.

Una de las primeras cosas que me aclararon mis anfitriones fue que me quedara tranquila, porque era cierto que sus antepasados en la “edad oscura” se habían comido a un par de misioneros y contrincantes, pero que afortunadamente esa costumbre ya no se practicaba. Lo que no me dijeron fue que el riesgo era sufrir un mordisco no de un nativo, sino de los tiburones que rondaban la costa (pero ésa es otra historia).

En cuanto al tabú, me pareció uno de los conceptos más interesantes de su cultura. “Tapu” (que es como le llaman en Vanuatu) es una palabra que se usa incansablemente y en los contextos más diversos. En la capital de 20 mil habitantes, Port-Vila, abundan los signos de “Tapu fumar” o “Tapu estacionarse”. En las pequeñas aldeas como Lelepa (donde yo me quedé), son las madres las que más repiten “Tapu, tapu, tapu” cuando sus críos meten la nariz donde no deben. Hay también una nutrida lista de acciones y personas “tapu”: que una embarazada vaya al cementerio es tapu, así como también son tapu los suegros y los cuñados, a quienes no se les puede hablar mucho ni menos hacer bromas. Para remate, si el tapu de una tiene un accidente hay que pagar prenda: un racimo de bananas, un pescado, una estera. La conclusión es que no conviene desearle mal justo a aquellos a quienes hay más probabilidades de querer menos. Nada de ingenua, la costumbre.

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