La culpa no es del perro

Tras el mortal ataque de una jauría de perros a una madre y su hija en Peñaflor, los ánimos vuelven a caldearse y el pueblo pide cabezas: que los envenenen de una vez por todas a esos vagos indeseables; que se los lleve la perrera para nunca más volver; que los exterminen, que son una plaga. Son los menos los que claman: que se lleven preso al irresponsable que lo dejó suelto; que se establezcan multas draconianas para quienes dejen en la calle a sus mascotas; que de una vez por todas se ponga en marcha un plan municipal de esterilización masiva de mascotas y quiltros sin distinciones.

Entiendo la rabia de aquellos que no pueden salir a la calle por miedo a que se los coma una cruza hambrienta de pitbull y doberman. Entiendo el  miedo de verse cercado por una jauría de quiltros estresados. Entiendo que la calidad de vida para los peatones se ve severamente afectada por el creciente número de perros vagos que rondan por nuestras calles. Pero me pongo también en los zapatos –o mejor, dicho, en las almohadillas– de los cuadrúpedos y no puedo dejar de empatizar con ellos. Domesticados desde tiempos ancestrales, los perros necesitan un dueño tanto como los niños necesitan a un padre. No son lobos, no son zorros, no son pumas; son animales que durante cientos de generaciones se han ido adaptando a vivir entre los humanos, y de éstos depende en gran medida su bienestar. Tanta es esta compenetración que se han hecho experimentos que muestran cómo un perro macho identifica como sus propios cachorros a los hijos de su dueño… ¡y no a los suyos propios! Esta lealtad animal, desgraciadamente, está lejos de ser recíproca, y hoy estamos viendo sus efectos.

¿Qué hacer? Ya en una columna anterior me referí a la importancia de la tenencia responsable de mascotas, de exigir que la gente las registre en la municipalidad y que les pongan un collar que las identifique. En el caso de las razas peligrosas, a esto deberían sumarse mayores responsabilidades civiles y criminales para los dueños. Pero éstas son medidas de contingencia, que pueden mejorar las cosas en el corto plazo, pero no atacan el tema de fondo: ¿Para qué tenemos una mascota? ¿Qué valor le concedemos? ¿Qué lugar ocupan en nuestra familia y en nuestra comunidad?

Creo que un factor clave para entender nuestra relación con estos animales hoy es su comodificación: la idea de que se pueden comprar y vender, que se ponen de moda y pasan de moda, que se pueden pagar en tres cuotas precio contado en cualquier tienda de mascotas. Así, los ponemos al mismo nivel de los nintendos, los zapatos de temporada, el último bestseller de la saga de vampiros. ¡Y no lo son! Quienquiera que haya tenido a un Bobby, a un Chico, a una Pelusa, sabe que éstos no son parte de la casa como lo son la lavadora o el refrigerador. Son personas a su manera, con carácter, con genio, con malas y buenas rachas igual que nosotros. Si a éstos los tratamos como objetos desechables, ¡qué les queda a los parias de las calles (que son, a propósito, nietos o bisnietos de los que alguna vez tuvieron amo)! Démosle por favor de una vez por todas al rol de dueño la importancia y la seriedad que se merece.

Esta columna puede verse también en El Magallanes.

 

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