El derecho de necesidad

Uno de los debates más apasionantes del momento en filosofía política es el tema de la justicia global, donde se pregunta fundamentalmente cuáles son los deberes morales que tienen los ricos del mundo (sean países o individuos) hacia los pobres y necesitados. Las respuestas suelen dividirse en dos: por un lado, están quienes creen que los ricos han dañado o colaborado en dañar (y continúan dañando y colaborando en dañar) a los pobres. Ya sea por medio de instituciones o reglas globales y locales mal diseñadas, lo que se está cometiendo es una injusticia. El remedio está en rediseñar esas instituciones y reglas de manera justa, y entonces la eliminación de la pobreza ocurrirá de manera natural. Ésta es la línea discursiva que siguen autores como Thomas Pogge, en La pobreza en el mundo y los derechos humanos. Por otro lado, hay quienes prefieren hablar de deberes de humanidad de los ricos hacia los pobres: más allá de si existen injusticias o no, lo que importa es aliviar el sufrimiento de los más necesitados. En lugar de sentarse a decidir cómo cambiar el orden institucional global y local, los ricos deberían más bien hacer un cheque y enviarlo adonde se necesite, ¡ya! Tom Campbell presenta esta idea en su ensayo Humanidad antes que Justicia.

Frente a esta dicotomía, recuerdo el derecho de necesidad planteado en el siglo XII por teólogos cristianos y me pregunto si no podría servir para iluminar el debate. Tal como ahora, aunque a nivel doméstico y no global, se desató en el Medievo toda una polémica acerca de si los hambrientos tenían derecho al pan de los bien alimentados, y qué implicaba ese derecho. La conclusión compartida (si bien con variaciones) durante los siglos siguientes fue que alguien en extrema necesidad podía usar la propiedad de otro si ésa era su única opción de sobrevivir, y que dicho acto no constituía robo, porque era parte de la ley natural. Tomás de Aquino fue uno de los defensores de esta idea, que implicaba no sólo que los pobres tenían el derecho a pedir, sino sobre todo que los ricos tenían el deber de dar. En su terminología, esto no era un acto de caridad, sino justicia, y quien no cumpliera con su deber podía ser citado a rendir cuentas frente a las autoridades eclesiales. Además, existía también la posibilidad de que otros ejercieran este derecho a nombre de terceros: Robin Hood es el perfecto ejemplo de alguien que se arriesgaba a sufrir el castigo de la ley humana por cumplir con la ley moral (y divina), y la fuerza de su figura todavía hoy nos atrae. El derecho de necesidad, sin embargo, declinó de manera inversamente proporcional al alza del derecho de propiedad, hasta hallarnos en una situación como la de hoy: donde nadie concibe siquiera que le puedan tocar sus posesiones, que se consideran más sagradas e inviolables incluso que otras vidas.

Creo que tomarse el debate de justicia global en serio implica por lo menos re-examinar el antiguo derecho de necesidad y preguntarse si no será una buena idea reimplantarlo, en una versión secular. Un ejército de modernos Robin Hoods podría constituir un buen comienzo.

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