24/10/10 ¡Salven al demonio!

La consigna nada tiene que ver con ateos, anti-Benedictos ni blasfemos ansiosos de excomunión. De lo que se trata es de salvar al animal nativo más famoso de Tasmania, el mítico demonio, hoy aquejado de un cáncer de misterioso origen que se transmite tan fácil como la gripe y amenaza con llevarlo a la extinción.
Para quienes alguna vez seguimos las aventuras del mono animado de Warner Brothers, encontrarse frente a frente con un verdadero “Tassie devil” (como les dicen con cariño en estos lares) puede ser una decepción. Mientras el de la tele devora objetos y corre de un lado a otro con la velocidad de un tornado, el original es harto más tranquilo, menos atemorizante y sí –gruñe y grita– pero mucho más sobriamente que su fictiva contraparte. Negro, chico, peludo y no muy agraciado que digamos, el pobre demonio siempre ha estado a la sombra de sus parientes más carismáticos: el grácil canguro, las divertidas cacatúas y el irresistiblemente tierno koala. Hasta en los souvenirs de aeropuerto se nota la discriminación. Cuando se trata de vender poleras y jockeys con la leyenda “Recuerdo de Australia”, a nadie se le ha ocurrido nunca poner al demonio. Hasta los tiburones, cocodrilos y serpientes venenosas son más populares entre los turistas, sin duda porque son más fotogénicos y verdaderamente mortales para el hombre. Éste, en cambio, de demonio sólo tiene la fama: aunque muerde feo, es principalmente carroñero y no se mete con los humanos a menos que sea por error.
Afectados por un tumor facial maligno, en pocos años la población de demonios ha sido diezmada en Tasmania. El panorama es tan sombrío que se calcula que, de no encontrarse una vacuna, desaparecerán completamente de los hábitats silvestres en la próxima década. De ahí que se haya organizado un programa completo para reubicarlos a lo largo del continente, donde alguna vez vivieron y hoy sólo habitan en cautiverio. Si se lograran reintroducir con éxito, ayudarían a controlar las poblaciones de especies exóticas como zorros y gatos monteses, que han arrasado con la fauna nativa, sobre todo de pájaros y mamíferos pequeños. Incluso un grupo de científicos ha propuesto elegir a unos 10 ejemplares sanos y llevárselos a una isla solitaria, a ver si logran reproducirse y formar una nueva colonia.
Este nuevo episodio en la tumultuosa historia ambiental de Australia habla de lo delicados que son los equilibrios en la naturaleza y de lo fácil que es alterarlos (y, a veces, lo que es peor, con la mejor de las intenciones). En este caso, los animales silvestres de Australia habrían estado mejor a merced del depredador nativo que de otros importados y quién sabe si esta misma enfermedad que hoy los está matando no habría tenido otro desarrollo. En Tasmania como en ningún sitio vale hoy el dicho que es mejor demonio conocido que otro por conocer.

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