03/10/10 Bicenteañeros, Parte II

Cuando el Che Guevara llegó en 1966 a Bolivia con sus bríos revolucionarios, lo recibió un campesinado escéptico y por decir lo menos impermeable a un discurso que les sonaba a utopía e irrealidad. Bolivia no era Cuba y, ante la llegada de este forastero bienintencionado pero terco, quienes podrían haberlo seguido y haber replicado el modelo cubano se replegaron a sus casitas, terruños, moradas. Era demasiado pronto para sembrar la semilla de la revolución socialista, y el Che pagó el apuro con su vida.
40 años después, en 2006, Evo Morales –campesino coquero, pastor y trompetista– llegó a la presidencia del país altiplánico con un 53 por ciento del apoyo popular, el que aumentó en las elecciones de diciembre pasado a un 63 por ciento. A diferencia del Che, Evo no anduvo escondido en la selva predicando su mensaje de nacionalización de los recursos naturales y de “movimiento al socialismo”. Lo hizo de manera abierta, compitió con votos y no con armas, y ganó. El contexto era otro y el país estaba listo para sus propuestas. Mientras el error del Che fue llegar a destiempo e imponer desde afuera, el triunfo de Evo consistió en llegar en el minuto preciso y capitalizar lo que venía incubándose desde adentro.
Estamos en década de Bicentenarios, celebrando independencias que para miles de americanos en realidad significaron nuevas sujeciones. Es ya un lugar común de la historiografía y antropología social latinoamericana que la Corona española fue reemplazada en nuestro continente por una “aristocracia” mestiza de descendientes de español y nuevos inmigrantes europeos, por cuyas sangres se colaba por accidentes esporádicos (y en lo posible, ignorados) la de los pueblos originarios. Éstos, los puros, una vez más fueron marginados. Y llegamos así al siglo XXI con una deuda “histórica” cuyo monto –a diferencia de otras deudas– es incalculable.
No hay fórmulas probadas en el mundo sobre cómo rectificar injusticias pasadas. Un filósofo neozelandés, Jeremy Waldron, escribió refiriéndose a la opresión de los maoríes por los europeos que poblaron esas islas desde fines del siglo XVIII, que –contra el sentido de justicia más instintivo y elemental– en la práctica no quedaba más que compensar simbólicamente a las víctimas (pues una compensación efectiva era imposible) y “superar” el episodio. Ante la imposibilidad de rebobinar y partir desde cero, lo más honesto era enfocarse en rectificar las injusticias presentes y continuas a las que se seguía sometiendo a esos pueblos.
Bolivia, con su nueva constitución y sus nuevas ley de redistribución de la tierra y nacionalización de los recursos naturales, parece haber seguido los consejos de Waldron (¿lo habrá leído Evo?), centrándose en rediseñar las instituciones y el marco legal para que de aquí en adelante aquellos que antes estuvieron marginados gocen de un trato equitativo. En Chile, bien harían las autoridades en leer al neozelandés y atender a la estrategia de Evo. Lo que en tiempos del Che sonaba a revolución hoy suena a simple y debida rectificación; pero para que funcione ésta tiene que surgir honestamente, y desde adentro. El Che se adelantó y Evo lo entendió a tiempo. Ojalá que para nosotros no sea demasiado tarde.

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