26/09/10 Bicenteañeros

Pasada la resaca del gran feriado y aprovechando el sentido de lucidez propio de los “after-parties”, creo que es tiempo de que los chilenos miremos a nuestros vecinos con ojos desinteresados, nos miremos luego a nosotros mismos en el espejo y admitamos –¡de una vez por todas!– que somos mucho más parecidos a ellos que lo que jamás hemos estado dispuestos a admitir.
Un gato a los dos años de vida se comporta como un ser humano a los 20. O sea, insoportable. No sabe por dónde sacar la energía, no se aburre de competir con el otro, quiere toda la atención. No sé cuántos años tenga que cumplir una nación para llegar a ese estado de ánimo, pero algo me hace sospechar que alrededor de 200. América Latina se mueve hoy como un continente veinteañero, y Chile no es la excepción. Ante el primer llamado a la sensatez, vienen las exclamaciones indignadas. A las alertas más inminentes les hacemos el más absoluto desaire. No queremos que nadie nos venga a decir cómo hacer las cosas, al punto que uno llega a creer la teoría de que entes incorpóreos, como los son los estados nacionales, se comportan de la misma manera que los de carne y hueso; o sea, están destinados a revivir y reincidir en los mismos errores que sus pares. Aprender de la experiencia ajena no sirve.
Con esto en mente, pienso en los 34 comuneros mapuches en huelga de hambre desde el 12 de julio pasado. Y no puedo evitar asociarlos con la historia de los indígenas muertos el año pasado en la Amazonía peruana, o con los tzotziles y otros grupos mayas que aún no pierden las esperanzas de autogobernarse en Chiapas. Es obvio –con tan sólo levantar un poco la vista– que demandas similares a las de los mapuches se repiten no sólo en Perú y en México, sino todo a lo largo de nuestro continente. Son gritos ya cansados, que en muchos casos llevan décadas tratando de hacerse oír. La famosa “deuda histórica” con los pueblos nativos, y no la deuda externa tan bullada, parece ser el verdadero drama de América Latina.
Lo más serio es que, en el caso de las injusticias arrastradas desde el pasado, el tiempo sólo sirve para ahondar el resentimiento de las víctimas y de sus descendientes en inversa proporción a como se diluyen las esperanzas de alcanzar un arreglo. Fulano era el dueño de la tierra, y él garabateó esa “x” en aquel contrato fraudulento mediante el cual lo despojaron de ella. Pero ahora Fulano ya no existe, y es Fulano Jr. quien reclama lo que fue del abuelo. El problema es que el abuelo nunca fue al conservador de bienes raíces, porque no existía y la “propiedad” se entendía de otra manera. Para peor, Junior nació en la ciudad y no tiene dotes agrícolas. Et cétera y a esto añádanse los despojos por la fuerza, los cambios de legislación por decreto y las expropiaciones sin derecho a voz ni voto.
Quizás en algo ayudaría ver la crisis mapuche como lo que es, una que hace eco entre nuestros vecinos y en la cual hay que tomar cartas en el asunto ya: antes de las consecuencias fatales, antes de que nos miremos al espejo y nos descubramos como displicentes bicenteañeros.

Esta columna también puede verse en El Magallanes.

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4 comentarios en “26/09/10 Bicenteañeros

  1. Buena reflexión y en buen momento. Afortunadamente, a pesar de lo límite y angustiante de la situación actual, la discusión, a mi juicio, se ha profundizado gracias a los últimos acontecimientos. Por primera vez en mucho tiempo (que yo sepa, al menos), los medios de comunicación están girando sus luces y cámaras al conflicto chileno-mapuche, como lo llama hoy Carlos Peña en esta columna que recomiendo: http://blogs.elmercurio.com/reportajes/2010/09/26/el-conflicto-chilenomapuche.asp y que toca un punto central: el del RECONOCIMIENTO. Saludos!!!

  2. Un punto de vista que permite simplificar el entendimiento de un tema que tiene constante resonancia en los medios, y lo más importante, contribuye a sensibilizar las almas de cierto sector recalcitrante de la opinión pública.

  3. Estimada Alejandra,
    Tu cronica me parece necesaria porque ayuda y se suma a las voces de quienes alertan y buscan crear consciencia sobre la obligación moral del estado chileno y sus gobernantes de modificar radicalmente las conductas ilegitimas e injustas, que durante siglos han prevalecido ahogado en llanto, en la violencia, en la sangre y el dolor las quejas legitimas de nuestros pueblos originarios.

    Hoy frente al peligro latente que se cierne sobre los mapuche en huelga de hambre, en su acto desesperado y valiente que constituye un último recurso no violento de protesta y exigencia de justicia, es más imperativo que nunca recordar el aporte escencial que en nuestra fundación e identidad como Nación, han tenido y tienen las etnias originarias.

    Ello va de par con el respeto y reconocimiento que les debemos por haber sido y seguir siendo parte de nuestra historia, de nuestras luchas y esperanzas de un futuro y un destino común y feliz.

    Los magallanicos que en su gran mayoría somos descendientes de los “pioneros colonizadores”, como es natural, profesamos un gran y produndo amor por esta “nuestra tierra patagónica” que que nos vió nacer, porque es el espacio vital en que nos hemos desenvuelto y el espacio en el cuál donde hemos aprendido a vivir, a amar y a sufrir y también morir…

    Ello implica que arrastremos con nosotros, esa ” dolorosa herencia” que muchos quisieran olvidar, porque es una deuda terrible e irremediable aquella deuda histórica, de las masacres y exterminio de las etnias originales que poblaron la patagonia desde mucho antes de la llegada de nuestros ancestros y de nuestra “civilización” occidental y cristiana.

    Muchos, entre los cuales no me incluyo, creen y se equivocan, que de la misma manera en que se han “borrado” sus existencias de la faz de la tierra, habría tambien que borrar las pocas huellas que quedan de su cultura, para erradicarlos definitivamente de la historia.

    Quienes sabemos que estas vastas extenciones de nuestro territorio, otrora fueron la cuna y el espacio de vida de Onas, alacalufes, yaganes o yamanes, tehuelches, etc. etc.que subsistian en relativa armonia con una naturaleza inhospita y ruda , pensamos que es necesario reconstruir su historia, rescatar sus culturas y sus lenguas, que son una riqueza que constituye una parte importante de nuestro propio patrimonio historico y cultural.

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