19/09/10 Ocio y negocio

En su pequeño, pero contundente libro, El ocio y la vida intelectual, el filósofo alemán Joseph Pieper da cuenta de una interesante inversión de los valores ocurrida en la época antigua, en torno al significado de “ocio”. En el mundo de Sócrates, Platón, Aristóteles e incluso más tarde, entre epicúreos y estoicos, el ocio (derivado del latín “otium”), era la actividad más alta y sublime a la que podía dedicarse el ser humano. Lo que genuinamente nos distinguía de los demás animales y nos conectaba con la divinidad era nuestra capacidad de contemplar, sin afán de producir; esa “vita contemplativa” que un puñado de ascetas intentó llevar a cabo más tarde, durante la Edad Media, retirándose al desierto o a las cumbres de las montañas. Para el ciudadano ateniense respetable del siglo V a.C, trabajar era una deshonra, una mancha en el currículum. Meter las manos en la masa, atender clientes, afanarse por el pan de cada día era negocio (“neg-otium”), todo lo contrario de lo que un hombre íntegro estaba destinado a hacer. Los comerciantes eran, por eso, de segunda categoría. Ni qué decir los agricultores, los obreros, ni los esclavos, cuyo producto ni siquiera les pertenecía.
Todo eso cambió con el declive de la Grecia clásica y el auge de los romanos. Terrestres y pragmáticos, éstos dejaron las especulaciones a un lado y se volcaron a manejar su mundo y a influir en él. No bastaba con hacer ciencia pura; había que aplicarla. Las cosas ya no estaban para contemplarlas, sino para templarlas, ponerlas en tensión, darles uso.
Lamentablemente, desde entonces hasta ahora la tendencia no ha cambiado. Mejor dicho, ha empeorado. El ocio tiene hoy una connotación claramente negativa, y decirle a alguien que es un ocioso no es ningún piropo. Los hábiles negociantes y aquellos con buen ojo para el negocio son en cambio los que reinan y los que merecen todas nuestras loas y respetos.
Esto lo saben muy bien aquellos que se han aventurado a estudiar una carrera como filosofía, y se la han tenido que ver con la pregunta clásica (bien o malintencionada): “¿Y para qué sirve?” ¿Cómo explicarles, sin sonar pedantes, que en el origen mismo de la filosofía está la aspiración de no servir, de ser inútil? Pero inútil en el buen sentido: no un útil, no un instrumento para otra cosa: una actividad valiosa en sí misma, independiente de los productos que pueda o no ir dejando en el camino.
Que la que era considerada “ciencia primera” por los griegos hoy ocupa una incómoda posición social queda claro en los programas escolares, desde donde ha ido desapareciendo progresivamente; en los estantes de las librerías, donde la sección de “filosofía” es hoy compartida con la astrología y la auto-ayuda; y en la burocracia estatal misma, donde ser filósofo ha dejado de ser una posibilidad dentro del sistema productivo. Cito aquí el caso de Australia, donde acabo de constatar que en la declaración de impuestos dicha actividad no figura dentro de las mil posibles. Hay removedores de asbesto, manicuras y jockeys, y mil otras profesiones rebuscadas, pero ¿filósofos? No, ésos no. De protagonistas de la polis a marginados del sistema, hoy quienes cultivan el ocio tendrán que volver a ganarse un lugar en el foro.

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