12/09/10 La paradoja del pingüino

Una de las herramientas más importantes que entrega una buena educación es la capacidad de pensamiento crítico, de argumentar, de dar y defender razones. Una de las graves falencias de la educación actual en nuestro país es que no prepara a los jóvenes para dar argumentos; apenas para hilar una frase con sujeto y predicado y punto final. Quienes hoy son víctimas de una mala educación, entonces, no cuentan con las herramientas más básicas para protestar contra ésta. Ergo, las premisas son reemplazadas por piedras y las conclusiones por pachotadas. Quienes se saben víctimas, pero no son capaces de articular por qué –ni mucho menos cómo salir del atolladero– son presas fáciles de quien quiera utilizarlos para sus propios fines. Y en eso estamos.
A esto es lo que se podría llamar “la paradoja del pingüino”. Cada vez que los estudiantes salen a protestar, son dos o tres los que pueden explicar con claridad por qué están ahí. El resto musita frases entrecortadas en las que abundan los cachais, los niahís y la cuestión. No pueden formular qué es exactamente aquello por lo que luchan, porque si pudieran formularlo no tendrían para qué estar luchando.
Quienes alcanzaron a criarse bajo el lema “gobernar es educar” y quienes –por tener más recursos– tuvieron acceso a mejores colegios y programas educativos, suelen ser poco tolerantes frente a esta masa de jóvenes con ansias de ser oídos. “Ni saben por qué pelean”, “Lo único que quieren es perder clases” y “No tienen idea dónde están parados” son algunas de las quejas recurrentes de los adultos ilustrados. Y nadie dice que en algunos casos no sea así: entre quienes luchan honestamente por una causa siempre habrá infiltrados cuyo único propósito es aprovecharse de la situación para su ganancia personal. Pero poner a todos los estudiantes-protestantes en este saco sería una generalización injusta.
La educación pública en Chile no da para más, y medidas como las propuestas recientemente, de becar a quienes saquen más de 600 puntos en la PSU para que se inscriban en pedagogía, o crear liceos de excelencia que beneficiarán a un porcentaje ínfimo del total, son parches curita que poco harán para mejorar a un paciente con contusiones múltiples. También debería estar claro a estas alturas que aumentar el número de horas que los alumnos pasan en las aulas no garantiza una mejor calidad, y que disminuir las inequidades de la oferta educativa no pasa por homogeneizar el currículum obligatorio sino, al contrario, por permitir su diversificación. Volviendo al comienzo, quizás la falla más sistemática en la educación pública chilena de los últimos decenios ha sido no enseñar a sus estudiantes a pensar críticamente. Para que un país crezca de manera equitativa, lo que necesita son ciudadanos que sean capaces de analizar lo que tienen a su alrededor y levantar la voz para mejorarlo. Es de esperar que quienes hoy alegan desarticuladamente se ganen su derecho para convertirse en dichos ciudadanos.

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