30/08/10 Made in Bangladesh

Invito a los lectores al siguiente ejercicio: abrir sus closet, sacar toda la ropa y enterarse, etiqueta por etiqueta, dónde fueron confeccionados sus pantalones, camisas, blusas, vestidos, chalecos y chaquetas. En mi caso, una vez que termino con la sección de ropa usada europea y americana (de aquellos tiempos en que cada pieza estaba hecha para resistir varias temporadas al hilo), aparece –fácil de distinguir– la sección Made in Asia: China, Indonesia, Malasia y Bangladesh, entre las primeras preferencias.
Aunque las marcas siguen siendo europeas y americanas, se nota en la calidad que los fabricantes intentan ahorrarse hasta el último penique y que su objeto no es ya vestir a sus clientes por años con una misma prenda sino, al contrario, hacer de éstas productos desechables que a veces literalmente se desarman luego de pasar por el programa “enérgico” de la lavadora. Uno puede resignarse pensando que al menos se está dando trabajo a personas que antes se morían de hambre y que los precios, además, son mucho más bajos que los que se pagaban antes, cuando uno contaba con los dedos de una mano los abrigos que tendría en el curso de toda su vida. Sin embargo, basta con informarse un poco para caer en la cuenta de que la instalación masiva de fábricas de ropa en estos países asiáticos no ha sido tanto para beneficio de trabajadores ni de compradores como para el de las compañías, que se embolsan las crecientes utilidades obtenidas gracias a una mano de obra casi regalada.
Para darse una idea de cuánto se les paga a quienes nos visten, veamos las noticias de fines de julio, cuando serias protestas estallaron en Dhaka, la capital de Bangladesh. Más de dos millones de habitantes de ese país son trabajadores en alguna de las grandes empresas del rubro, entre ellas Wal-Mart, Tesco, Zara, Carrefour, Gap, Marks & Spencer y Levi Strauss. El motivo de las manifestaciones fue que el gobierno acordó aumentar en sólo un 80 por ciento el sueldo mínimo. ¿”Sólo” 80 por ciento? Suena a mucho, es cierto, pero al ver cuánto ganaban antes y cuánto ganarán ahora la protesta se entenderá. Hasta 2010, el sueldo mínimo era de apenas 1.600 takas (menos de 15 mil pesos mensuales), lo que se subió a 3 mil takas (27 mil pesos). Esto, mientras los trabajadores demandaban 5 mil takas (46 mil), un pedido tímido, considerando que se calcula que un sueldo decente para vivir en ese país es el doble de esa cantidad.
Un 85 por ciento de la población actual de Bangladesh vive hoy con menos de dos dólares diarios, y 700 mil niños duermen en las calles. Que las fábricas instaladas allí no dan trabajo digno, sino que explotan a quienes no tienen alternativa, es una verdad sabida. ¿Por qué debería importarle a un chileno lo que pase en ese país tan lejano e ignoto? Pues porque mientras sigamos guardando en nuestro closet aquella tenida de moda que alguien cosió en Dhaka, por un par de centavos de dólar, somos partícipes de su situación. Y mientras no exijamos como consumidores ropas de “comercio justo”, al menos deberíamos dejar de alegrarnos tanto por vestirnos “Made in Bangladesh”.

Esta columna también puede leerse en El Magallanes.

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