08/08/10 Adiós, Mancilla

“¿Ves a ese viejo con bastón?”, me preguntaba mi padre a veces, cuando salíamos a caminar. “Sí, ¿por qué?” “¿Cuántos años crees que tiene?” “Y, unos 85”, decía yo.” “Para que tú sepas, hicimos juntos el servicio militar. 70 debe tener, igual que yo. No todos son Mancilla”, concluía orgulloso, y seguía caminando, esbelto como un roble y siempre impecable: bien peinado, tenida combinada, zapatos bien lustrados.
Mancilla me enseñó muchas cosas, entre ellas, ésta de vanidad buena: mirarse al espejo de arriba abajo antes de salir de casa. Me enseñó también el valor de la independencia, de aprender a hacer las cosas de la manera más autónoma posible. Si algo no le gustaba a mi padre era molestar.
Por eso, cuando el 21 de junio –la noche más larga del año– le diagnosticaron un cáncer con metástasis hepática, más que el hígado lo que le dolió fue darse cuenta de que poco a poco comenzaría a depender de otros. Primero fueron las manos, que ya no querían agarrar la copa ni el tenedor. Luego fueron las piernas, que se rehusaban a llevarlo. Al final fue el cuerpo entero: la garganta sin fuerza para hablar, los esfínteres que no se controlaban, la cabeza que se iba quedando progresivamente en la inconsciencia.
El cáncer es como el amor: cada historia es distinta y cada final, diferente. El de mi padre fue, para su tranquilidad y la nuestra, rápido y fugaz. Tras oír de largas agonías, uno se esperaba lo peor. Y lo peor nunca llegó. Al comienzo sufrió mucho, sí, pero luego la morfina se convirtió en su mejor aliada, permitiéndole olvidar a ratos su estado y lo que se venía.
El poco tiempo que tuvimos lo aprovechamos al máximo. Lo bueno del cáncer es que obliga al enfermo y a quienes lo rodean a enfocarse en el presente y vivirlo con intensidad. No hay “vamos a ver”, ni “el día de mañana” ni “a futuro”. Sólo queda el ahora o nunca. Después no se sabe.
Desde ese 21 de junio me hice una lista de deseos para cumplir juntos y cada día me propuse hacerle un tic. Pueden sonar triviales, pero esos actos cotidianos son los que recordaré: tomar leche con plátano en el quiosco de Roca; comprar la marraqueta fresca de La Moderna, a la salida del hospital; pasear en Movigas, vencer mi vegetarianismo y hacerle un buen bife; brindar juntos con 120; revisar las fotos antiguas de sus buses; escuchar las historias de brujos chilotes que llegaban volando a los reitimientos. Y, sobre todo, jugar truco, mucho truco, con retruco y vale cuatro.
Hubo deseos que quedaron pendientes: almorzar en el Savoy, hacer dúo de guitarra, ir a Cuba a ver a Fidel y recordarle esa jornada, hace cuatro décadas, cuando se comieron juntos un asado de cordero magallánico.
Quiero darte gracias, viejo, porque aunque apenas llegaste a segunda preparatoria, me diste algunas de las mejores lecciones para la vida: que es mejor confiar y que te hagan leso, que desconfiar y hacer lesos a otros; que es mejor dar que tomar; que es mejor seguir adelante en vez de quedarse estacionado en los recuerdos. Vi en la práctica cómo te fuiste reponiendo a cada embiste que te dio la vida. Y no vi que salieras más amargo. Fuiste estoico sin saberlo, Mancilla.
Quiero dar gracias también a la familia y amigos, cercanos y lejanos, que nos acompañaron a ti, a Rita y a mí en estas breves, pero duras semanas. Gracias al Poli Dolor y a todos sus integrantes: un equipo profesional, pero sobre todo humano, sin cuyo apoyo esta historia de cáncer habría sido completamente distinta. Siempre se critica al sistema de salud, y uno se olvida de resaltar lo bueno. En este caso, un equipo que no sólo nos entregó recetas y remedios, sino ante todo tranquilidad mental y emocional. Gracias, doctora y amiga Gabriela Vera, aunque hoy estás en Santiago perfeccionándote aún más en esa profesión médica que te apasiona, Sin tu diagnóstico certero y tu consejo permanente, esta historia de cáncer habría sido, otra vez, muy distinta.
No digo más para no aburrirte, viejo, que nunca fuiste dado a discursos ni conmemoraciones. ¡Adiós Mancilla! ¡Y vive por siempre en nuestra memoria!

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5 comentarios en “08/08/10 Adiós, Mancilla

  1. Querida Alejandra; Muy hermoso y emotivo tu adiós, aunque los que parten siempre siguen presentes en nosotros y siguen siendo para siempre, un punto de referencia en cada uno de nuestros actos…

    Digo esto porque también he compartido angustias, desesperación y profunda tristeza primero ante el desaparecimiento de mi madre Rebeca Aguilar (fallecida a la edad de 39 años) y mi padre después cuando me encontraba en el exilio y me impideiron entrar a Chile y Punta Arenas para compartir y acompañarlo en su ultimos instantes…

    Sin embargo queda en nosotros su legado, su ejemplo y el recuerdo imperecedero y admirativo de las cualidades que adornaron sus personas a lo largo de sus vidas.

    Frente a las dificultades o en los raros momentos felices que nos depara la vida nuestro pensamiento vuela a su encuentro y sabemos y nos lo repetimos con relativa certeza “en esta situación mi padre o mi madre hubiesen dicho o hecho tal cosa, o me habrían aconsejado tal cosa, o se hubiesen sentido felices y orgullosos de mi”

    Porque lo verdaderamente importante es eso, intentar vivir hasta el fin de nuestra existencia, siendo fieles, dignos y respetuosos de los valores que nos inculcaron.

    Recibe tu y tu querida familia, la expresión fraternal de mis sinceras condolencias.
    Ivan Hraste

  2. Estimada Colega,
    Cada lunes dejo El Magallanes aparte, luego de registrar la contingencia, para luego, en un rapto de minutos y un té con galletas, solazarme con tu columna, carente de soberbia y muy bien escrita por lo demás.
    Yo solía ser más “silvestre” (por eufemizar mis arengas “politicly wrong”) buscando escandalizar al visitante por instinto. Bueh! fractalmagazine. blogspot tuvo que ser sacrificada por motivos prácticos… algo queda por ahí, creo que mi perfil con una imagen mía de infante mirando al Skyring a través de una ventana gris, como la foto, y como tantos años que han pasado desde entonces.
    He subrayado las “mejores lecciones para la vida…” por si alguien se las encuentra. Qué coincidencia! Hoy mismo pensaba que se me había olvidado decirle a alguien (en una conversación en la que se agradecía mi confianza) que yo no ando por el mundo confiando o desconfiando. Simplemente me entrego, y del resto se encarga la mecánica cuántica.
    Falta poco para la una de la mañana, me queda harto por hacer y ahí está tu foto y el “Adiós Mancilla” en una mesita de estas de Sodimac con ruedas. Me he visto obligado a detener todo por escribirte, no para un pésame, sino para compatir contigo sobre el poder de la palabra. “Eres responsable para siempre de lo que has domesticado” Yo agregaría, “si abres la página cada lunes y lees lo que he escrito…”
    Y para quien me googlea en estos momentos, sepa usted señor que hay cosas más oficiosas que andar monitoreando al prójimo. Está en el Evangelio, ese que usted dice observar al pie de la letra… Él te está googleando a ti en este instante.
    Sorry la confianza, Ale. Gracias por tus reflexiones.

  3. Ale, como siempre, notable como en pocas palabras puedes decir tanto, describir, retratar, llevarme lejos en el tiempo y en el espacio. Pero por sobre todo, cómo no deja de sorprenderme mi suerte por tener una amiga tan grande, tan sabia, tan fuerte. Te debo el abrazo, pero sabes que cuando te vea va a ser muy apretado.
    Te quiero mucho y gracias!

    • Gracias, Kuky! Se agradece el abrazo y el cariño, ahora cuando más se necesita: a diez mil kilómetros de casa y con el océano más grande de por medio. Un abrazo para ti también…

  4. Hola alejandra, es muy bonito todo lo que decis de una gran persona como fue mi querido TIO ERNESTO, yo tuve el previlegio de compartir algunas cosas cuando chico, y agradesco haberlo tenido como tio, con toda su bondad para nosotros, siempre lo voy a tener en mi memoria. te saludo con mucho cariño. jose

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