06/06/10 De Tasmania a la Patagonia (Parte II)

Hace 27 años tuvo lugar el histórico fallo “Tasmania versus Commonwealth”, por el cual el Tribunal Supremo de Australia prohibió la construcción de la represa del río Franklin, que prometía reactivar la economía de ese estado-isla a costa de inundar un biosistema único, declarado patrimonio natural de la humanidad. La tasa de desempleo era de 10 por ciento, la más alta del país, y se convirtió en una de las principales razones esgrimidas –principalmente por grandes industriales y empresarios– para justificar la construcción de la represa. Contra ellos, los miembros del naciente Partido Verde y de la Wilderness Society (Sociedad para la Protección de la Vida Silvestre), junto a una serie de grupos comunitarios y ciudadanos independientes, propusieron otro modelo de crecimiento: uno basado en el cuidado de sus paisajes naturales, con énfasis en la industria de servicios. Desde la distancia, la elección fue acertada. Hoy, junto con la minería, el turismo es la principal actividad económica de medio millón de tasmanos, generando mil millones de dólares anuales (la mitad de los ingresos totales de la industria turística chilena) y atrayendo a casi un millón de visitantes (Chile recibe algo más de dos millones por año).
¿Cómo pudieron persuadir a la gente y a las autoridades de que ésta era la opción viable? ¿Y qué podría aprender de ello el movimiento “Patagonia sin represas”? Tres puntos son dignos de mención.
Primero, gracias a una sólida campaña de comunicaciones, el movimiento de “No a las represas en Tasmania” logró pasar de ser un grupo reducido hasta sobrepasar las fronteras de Australia. Con frecuentes encuestas de opinión mostraron cómo, a medida que se conocían sus implicancias, crecía la oposición al proyecto. Y demostraciones masivas concientizaron a quienes primero no se sentían identificados con el tema. Segundo, los opositores llevaron su lucha a la arena política, más allá de la mera “decisión técnica”. Tercero, lo que ya mencioné en una columna anterior, se sirvieron del arte para difundir su mensaje no sólo con argumentos, sino también con imágenes poderosas.
El Consejo para la Defensa de la Patagonia Chilena ha logrado generar vía internet una campaña extendida y potente. Pero llevarla in situ a todos los rincones del país ayudaría sin duda a que quienes se sienten lejanos al proyecto se involucraran más y no lo sintieran como ocurriendo “al fin del mundo”. Que la decisión es política y no técnica lo dejó claro el bando contrario cuando Enel, dueña mayoritaria de Endesa, mandó a su director ejecutivo Fulvio Conti a conversar con Piñera, a comienzos de este año. Al revés, la gira europea del Consejo ha servido para que los políticos de esos países –con quienes Chile mantiene acuerdos comerciales– se informen y pidan explicaciones al Estado chileno (como ya lo hizo en marzo pasado la Comisión para la Cooperación Ambiental de Canadá). Por último, un documental pronto a aparecer, “Patagonia rising” (Patagonia Levantándose) podría capturar la atención de las masas. Así como una imagen vale más que mil palabras, al fin, una Patagonia vale más que mil represas.

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