09/07/10 Mamá Mono

Es una industria de más de 2 mil millones de dólares anuales sólo en Brasil, y se calcula que afecta en ese país a unos 38 millones de animales cada año. La selva tropical se va quedando vacía para satisfacer la demanda de cacatúas, loros, serpientes, tortugas, iguanas, arañas peludas y cuanto espécimen se les pueda fruncir a los clientes en el mercado negro de mascotas. Dentro de las especies más demandadas están los monos: capuchinos, barrigudos, aulladores, lanudos. Cuando las madres bajan de los árboles con sus crías en la espalda, durante la estación seca, los traficantes las matan de un balazo y se llevan a los bebés de seis a ocho meses, para “alegrar” a precio de oro miles de hogares urbanos, cuyos habitantes muchas veces ni se preguntan por el origen ni por la ética de su adquisición.
Incluso cuando se los captura en un decomiso esporádico, el futuro de los animales una vez extirpados de su entorno es incierto. No se los puede llegar y reimplantar, sin antes rehabilitarlos. Y como los países rara vez cuentan con programas o recursos suficientes, es común que las víctimas de secuestro terminen viviendo sus cortas vidas en centros que más parecen prisiones de inocentes.
Chile no está al margen de este tráfico ilegal. Desde Perú, Bolivia y Argentina cruzan escondidos a los animales, muchas veces drogados o anestesiados, encerrados en cajas de mercadería. Aunque es difícil dar cifras exactas, se calcula que apenas un cinco por ciento sobreviven el trasplante forzado. El SAG, Investigaciones, Carabineros y Aduana no cuentan con instalaciones apropiadas para hacerse cargo de ellos, y si no fuera por el altruismo de un par de organizaciones independientes, los rescatados quedarían literalmente en la calle.
Una de dichas organizaciones es el Centro de Primates de Peñaflor, fundado hace 16 años por Elba Muñoz. En el patio de su casa, esta mujer alberga hoy a más de 150 monos de todos los tipos requisados de circos, zoológicos y hogares “normales”. Se acabaron las vacaciones, los ahorros y el tiempo libre. Con un par de voluntarios y algo de ayuda que no es suficiente para paliar todos los gastos, Elba sigue adelante con su misión, consciente de que si ella no lo hace, probablemente nadie lo haría en su lugar. ¿Por qué?
Cuando la entrevisté hace unos años, me respondió que no era una opción, sino una obligación moral. Su esperanza era –y es todavía– crear conciencia sobre el tráfico de primates y sobre el maltrato de mascotas en general. Con mis propios ojos vi a monos sin dientes y con las uñas arrancadas de raíz, alcohólicos y fumadores, con patrones de conducta típicos de quienes han pasado por períodos traumáticos. Y vi cómo ella les daba su amor y su tiempo. Gratis. Desde entonces, cada día de la madre recuerdo a Elba, y espero que llegue el día en que ya no tenga más “hijos” como éstos que cuidar; el día en que los monos también celebren esta fiesta tranquilos con sus mamás legítimas, sobre las copas de los árboles.

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