Pensar en grande

Por Alejandra Mancilla Drpic
27/02/10

Que hay quienes nacen esclavos por naturaleza es quizás una de las frases más polémicas lanzadas por Aristóteles en su famosa “Política”, y una de las que suscita enardecidas discusiones cuando se trata de ver cuán capaces son los sabios de una época de abstraerse de su tiempo y contexto y ver las cosas de manera imparcial y desprejuiciada. No había dudas, para el macedonio, de que el cosmos estaba ordenado de manera tal que los atenienses varones con cuentas corrientes abultadas ocupaban el lugar más alto en la jerarquía humana, por sobre las mujeres, los bárbaros (o extranjeros) y los esclavos. Estos últimos habían nacido para servir a su amo; es más, sólo podían realizar su esencia verdadera sirviéndolo. Como es bien sabido, la esclavitud era una institución cotidiana en la Grecia clásica, y éstos representaban un porcentaje de la población total que algunos historiadores han calculado hasta en un tercio. Embelezado por los logros de su propia cultura, Aristóteles quizás pecó de complacencia al tratar de justificar con un argumento metafísico lo que no era más que un arreglo conveniente. Sin esclavos, quizás, no habría habido manos suficientes para dejar Partenones ni Acrópolis; sin esclavos, quizás, no hubiera habido filósofos ocupados a tiempo completo en sus vidas ociosas, divagando sobre el curso de las estrellas en los cielos y de los hombres en la Tierra.
Casi 19 siglos más tarde, en 1555, el capitán portugués Fernao de Oliveira publicó en Coimbra su “Arte de la Guerra en el Mar”. Era la época de los grandes descubrimientos y de un naciente capitalismo que necesitaba mano de obra, para cosechar la caña de azúcar, extraer la riqueza de las minas y sumergirse en el Caribe en busca de las preciadas perlas. La institución de la esclavitud estaba tan viva como en el tiempo de Aristóteles, y el comercio de africanos era el negocio principal de muchas respetables y cristianas familias del Viejo Continente. 20 años antes, es cierto, Bartolomé de Las Casas había logrado convencer a Su Majestad de que los indios americanos tenían alma y debían ser tratados como iguales. Había permanecido silencioso, sin embargo, respecto al status de los negros provenientes de la costa occidental de África.
En ese contexto, la solitaria crítica de Oliveira al tráfico de esclavos aparece como un rayo de lucidez inesperado (e injustamente poco conocido). Mientras sus pares hacían vista gorda, él denunció cómo la mayoría de las víctimas era obtenida por medio de guerras injustas, asaltos y pillaje. Acusó a sus compatriotas por haber creado “este comercio del mal”, donde se “compraban y vendían hombres libres y pacíficos como se compran y venden animales”. Sobre todo, cuestionó lo que la abrumadora mayoría –por comodidad y flojera mental- daba por hecho.
Cuando hoy pensamos en la aberración de la esclavitud, olvidamos que tuvieron que pasar siglos para que las opiniones de unos pocos adelantados llegaran a ser de común aceptación. Si mantuviéramos esto en vista, podríamos juzgar mejor otras instituciones “obvias” del mundo en que vivimos, y sorprendernos de lo poco obvias que son después de un análisis cuidadoso y menos interesado.

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2 comentarios en “Pensar en grande

  1. La cuestión de la esclavitud llegaba en la Grecia de esos siglos de oro al extremo de que la violencia se consideraba un método válido, según comenta la Arendt, en la mini comunidad de la familia. Al contrario, la Polis, comunidad perfecta, contemplaba además de la praxis, el logos, para disuadir en los conflictos, y por eso esta comunidad se regía por la libertad, mientras que la familia se había formado por necesidad. Yo me pregunto si, en estas sociedades contemporáneas guiadas por el culto al mercado y la estimulación indiscriminada del consumo, no somos, en cierto modo, bastante esclavos, todos aquellos que vivimos de un modesto trabajo, para aumentar las arcas de nuestros amos, grupos económicos transnacionales. Es decir, creo que la esclavitud tiene diversas caras, y se sostifica en formas de vida supuestamente libres, pero no menos brutales.

    Bea

  2. Así es, la sociedad moderna tiene esclavos modernos, trabajadores de malls, supermercados y servicios en general que sirven a los privilegiados para que piensen o creen nuevos y mejores trabajos de esclavos.

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