30/01/10 Jugadores, empresarios y estadistas

Hay tres territorios que demandan tres tipos de habilidades diferentes de quienes quieren ejercer exitosamente en ellos. Rara vez ocurre que estas habilidades se traslapen; al revés, es mucho más frecuente que sean contrarias y hasta contradictorias, imposibles de encontrar en un mismo individuo al mismo tiempo. Estos tres territorios (hay muchos más, pero concentrémonos en ellos, por esta vez) son el juego, los negocios y la política. Y aquellos dedicados a cada uno respectivamente son los jugadores (o apostadores), empresarios y estadistas.
Un buen apostador (en la Bolsa de Valores, por ejemplo), es aquél que compra aquello que todos quieren vender y vende aquello que todos quieren comprar. En sus manos y como por prestidigitación, la plata se convierte en oro y el oro en diamantes. Mientras otros se encariñan, cuentan una a una sus pepitas, y las guardan con devoción, el buen apostador nunca establece una relación sentimental con aquello que pasajeramente posee. Las propiedades, acciones y títulos son en sus manos meros instrumentos para obtener más propiedades, acciones y títulos. Lo único permanente en él es su anhelo por seguir jugando… y ganando.
Un buen empresario, por su parte, es alguien que tiene las agallas para construir un edificio desde los cimientos y mantenerlo en pie. Por todos los sacrificios y desvelos que esto implica, el buen empresario quiere y cuida aquello que construyó y continúa construyendo. Como un capitán de barco, es quien ocupa el lugar principal a la hora de la cena, pero es también el último en hacer abandono en caso de naufragio. Lo que en los libros de cuentas figuran como “recursos humanos” son para él rostros con historias, conectadas con la suya propia. Un buen empresario es capaz de hacer que hasta su último “grumete” luzca con orgullo la chaqueta de la compañía.
Un buen estadista, por último, es alguien que posee una visión a futuro y largo plazo de lo que su país debería ser. No son muchos quienes poseen este don y basta con revisar la historia para ver la admiración que generan, cuando llevan a cabo sus planes. Mientras el buen apostador está listo para deshacerse mañana de aquel negocio que más ceros sumó a su cuenta corriente (si su instinto así lo manda), el buen estadista se parece más al empresario responsable que vive y se desvive por mejorar lo que tanto le costó crear. A diferencia de este último, sin embargo, el desafío del estadista es aún mayor, porque no puede formar desde cero su proyecto, sino que el material sobre el cual trabajar ya le viene dado. Un Estado no puede hacerse más eficiente “recortando personal” (a menos que hubiera un limbo en la Tierra adonde mandar a los ciudadanos que reciben sobre azul). Más aún, lo que se conoce como responsabilidad social empresarial –y que en las empresas es visto como un agregado, un plus, un acto más cercano a la beneficencia que a la obligación-, en el caso del estadista es el fin último: el bienestar de aquellos a quienes sirve. Ni más ni menos.

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