26/09/09 Vida de perros

Vida de perros

Un amigo que anduvo mochileando perdido por Coihaique, me contó a su regreso mil historias de vida patagónica, pero hubo una especialmente que se me quedó grabada. Conversando con un ovejero que vivía solo en una pequeña cabaña la mayor parte del año, el viajero capitalino de pronto fue sorprendido por la siguiente pregunta: “Oiga, ¿es cierto que en la ciudad los perros se venden?” Para el nativo patagónico, que con suerte había ido a Cochrane y para quien Puerto Aysén era lo más cercano que había estado a una metrópolis, lo que más le intrigaba de la vida civilizada no era la tecnología, ni el apuro, ni el ruido ni las grandes multitudes ni distancias; lo genuinamente raro de las personas que venían de la ciudad era que pagaban por una mascota. ¡Pagaban por una mascota! Que los perros se vendieran era para este hombre un asunto del todo inexplicable y equivalía casi a ponerle precio a un hijo…
Recordé esta historia hace poco, cuando una amiga australiana que anduvo recientemente paseando por Chile llegó contándome sus impresiones. ¿Y qué era lo que más le había sorprendido? Pues que nunca en su vida había visto más quiltros sueltos por las calles, jaurías completas escarbando los basureros en busca de comida, más perros que peatones por la vía pública. No supe qué responderle, porque me dio vergüenza, tanto más cuanto que la culpa no es de los perros, sino de nosotros como sociedad.
En cuanto a la tenencia de mascotas, los chilenos vivimos en la esquizofrenia. Por un lado, imitando el modelo de los países desarrollados, se popularizan las tiendas de “pets”, que ponen de moda nuevas razas cada temporada como si se tratara de modelos de pollera. Antes fueron los poodles, ayer los labradores, hoy los golden retriever y mañana quién sabe. Se compra lo que se lleva hoy y mañana se verá. Por otro lado, acercándonos a los estereotipos del Tercer Mundo, nuestros “regalones” lo son sólo de nombre, porque en la práctica dependen por entero del capricho de sus dueños, que no tienen ningún empacho en deshacerse de ellos cuando el patio les quedó chico, o se fueron de vacaciones, o se cambiaron de casa o, simplemente, se aburrieron de su presencia.
Anónimos en la esfera pública, sin identificación ni registro ante la autoridad, nuestros perros sólo dependen de la buena voluntad de sus propietarios y éstos muchas veces carecen de ella. Para empeorar las cosas, la esterilización temprana está lejos de ser una costumbre internalizada (y digamos que los precios de los veterinarios no son el mejor estímulo para promoverla), mientras que dejarlos sueltos para que se reproduzcan sin límite con los regalones del vecino sigue siendo la norma. El resultado es que de los bastardos nadie se ocupa y, en poco tiempo, sus hijos, nietos y bisnietos se convierten en un peligro para la salud de la comunidad. Por supuesto, a esas alturas ya nadie admite que por la sangre de esos callejeros corre la de quien nos menea la cola en casa. Nadie se hace cargo del “problema” y al final son los inocentes los que pagan con su vida nuestra irresponsabilidad.
¿Cómo salir del entuerto? Pues con educación y mano firme. Mientras no dejemos de tratar a nuestras mascotas como objetos descartables y mientras no se establezca un marco regulatorio para su tenencia –con castigos incluidos para quienes violen las reglas–, seguiremos ejemplificando lo peor de dos mundos: uno donde los perros se compran, se venden y se desechan a discreción.

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