24/10/10 El estirón (Parte II)

El estirón (Parte II)

En la columna pasada prometí continuar con la analogía entre el “estirón” que pilla de sorpresa a los adolescentes y el “estirón” que vivimos hoy como especie. La idea es que –tal como los quinceañeros que andan a empellones contra el mundo, aún no adaptados a su aumentado radio de operación–, así andamos hoy los seres humanos, no del todo conscientes del nuevo alcance de nuestras acciones. Un ejemplo de esto es cómo un gesto que parece inocente, como tomarse un café, en realidad no lo es tanto, en la medida en que hoy podemos saber de dónde viene, quién lo produjo y en qué condiciones. Así, nuestra elección deja de ser éticamente neutra: nuestro poder de compra es nuestro poder de mejorar (o empeorar) la vida de quienes producen, procesan y transportan ese grano desde su lugar de origen hasta nuestra taza.
Esta idea está presente también en el debate acerca de cómo distribuir las responsabilidades del cambio climático. Adaptados durante siglos para responder por nuestros actos ante nuestra comunidad inmediata, es difícil aceptar que nuestro estilo de vida en general ya no sólo afecta a quienes literalmente nos rodean. La calefacción a full capacidad, el cuatro por cuatro de puerta a puerta y el carnivorismo de lunes a domingo de un habitante patagónico estándar hoy guarda una conexión –por mínima que parezca– con la sequía que golpea a los campesinos indios de Andhra Pradesh, con la tormenta roja que azotó a Sydney hace poco y con el derretimiento acelerado de los glaciares andinos. Por tratarse de responsabilidades colectivas, sin embargo, es fácil encoger los hombros y calmar nuestras conciencias individuales diciéndonos que nuestra contribución es una gota en la mar y que no hace ninguna diferencia. Es la vieja paradoja “sorites”: tres granos de arena no son un montón, pero un millón sí lo son.
Pero no todo son malas noticias. El estirón que ha dado la humanidad también tiene aspectos positivos, dados sobre todo por las nuevas tecnologías de comunicación. Basten dos ejemplos. Primero, la información se ha democratizado y con ello se ha democratizado el poder que de ella emana: esto significa que ya no tenemos excusas del tipo “Si hubiera sabido…” Hoy podemos tomar mejores decisiones. Segundo, el auge del dinero “plástico” permite que podamos ayudar a quienes antes estaban fuera de nuestro alcance. En 1759, Adam Smith escribió que un europeo humanitario se entera de un terrible terremoto en China, se lamenta de ello un rato y luego se va cómodamente a dormir. Y está bien que así sea, continúa, porque no tiene sentido afanarse por algo donde nada puede hacerse. Si Smith viviera hoy, seguramente su visión sería distinta: cualquier habitante de país civilizado del siglo XXI, después de ver las noticias, puede entrar a internet y hacer su donación online en cinco minutos. Lo que falta es actualizar nuestras conciencias al nuevo escenario. Después de todo, no hay que olvidar que el “estirón” es un estado pasajero, y no permanente.

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