21/11/09 Monumento al inmigrante

Si uno hiciera una encuesta sobre las imágenes que más se vienen a la mente cuando un puntarenense recuerda su ciudad, estoy segura de que el Monumento al Inmigrante Croata, en Avenida Bulnes, figuraría en los primeros lugares del ranking. La familia bien parada ante el futuro, con la frente en alto y todo un mundo de posibilidades abierto. ¡Qué diferente esa actitud positiva frente al extranjero que llega a nuevas tierras lleno de esperanza, y la actitud que existe hoy en general en el mundo frente a la nueva oleada de personas en movimiento: sea de afganos hacia Australia, de chilenos hacia España o de peruanos hacia Chile!
¿Cómo sería el monumento a estos inmigrantes, si un escultor tuviera hoy que darle forma? Probablemente, ni blanco ni de mármol, sino gris y de cartón; los allí representados irían con la cabeza gacha y el cuerpo a la defensiva, como esperando un golpe; y en lugar de evocar la libertad, mostraría a sus sujetos entre rejas o, al menos, oprimidos. Ser inmigrante ya hace rato dejó de ser la promesa de algo mejor.
Esto lo reflejan no con una escultura, pero sí con un par de excelentes películas, los premiados cineastas belgas Luc y Jean Pierre Dardenne. Tanto en La promesa (1996) como en su más reciente El silencio de Lorna (2008), estos hermanos denuncian con sutileza el mercado negro que hoy existe en Europa a costa de la desesperación y desamparo de quienes llegan tras quemar las naves, buscando sobrevivir como sea, lejos de sus países de hambre. Los roles se repiten, aunque varíen las nacionalidades, las religiones y el color de piel. Está el que, para dejar de ser ciudadano de segunda clase, paga lo que no tiene por casarse con una ciudadana de primera, dispuesta a cambiar su estado civil por dinero fácil; están los que se las ingenian para evadir a los agentes de inmigración, cruzando la frontera ocultos entre la carga de un camión o embutidos en un portamaletas; están los mercaderes de hombres, que venden a las mujeres de prostitutas y no tienen reparos en matar a un niño, si encuentran quien compre sus órganos frescos; y están también las almas solidarias, que a último minuto le dan esperanzas al espectador de que no todo está perdido y de que “el hombre es el lobo del hombre” es una ley (como todas) con excepciones.
Escribo esta columna desde Australia, donde uno de los debates más encendidos hoy es sobre si deberían relajarse las fronteras para refugiados de países como Afganistán y Sri Lanka, que huyen de la violencia de sus países y arriesgan la vida cruzando el Océano Índico y el Mar de Timor en botes sobrecargados. Quienes se oponen a la apertura, pienso, tienen memoria de corto plazo, tan corto que olvidan que ellos mismos son hijos o nietos de inmigrantes. Quienes abogan por el derecho de entrada, al contrario, me dan esperanza, esa misma esperanza de último minuto que emana de las películas de los Dardenne.

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