16/01/10 Autoestima

Cuando llegué a Australia, hace casi un año ya, pensaba que tenía una buena autoestima. No me creía ni en el techo del mundo, ni tampoco en las catacumbas, y miraba a los demas por las calles como mis pares, mis iguales, otros ciudadanos humanos más o menos decentes, más o menos felices, más o menos realizados.
Pronto tras llegar aquí, sin embargo, me di cuenta de que mi autoestima australiana equivale a cero y en cero seguirá, a menos que me tome la palabra al pie de la letra y me compre… ¡un auto!
Desgraciadamente, en esta ex colonia penal y hoy potencia económica y contaminante no se concibe la vida sin ese molesto apéndice de fierros. Paradigma del estilo de vida que pronto habrá que dejar (a menos que no demos ni un comino por el bienestar de nuestros nietos), Australia cuenta con más de 650 autos por cada mil habitantes. Esto tiene consecuencias en todos los ámbitos. En los suburbios, los únicos seres vivos que uno ve por las calles son uno que otro ciclista, uno que otro abuelo, los perros del vecino y cacatúas blancas de cresta verde (los pájaros más bellos hasta que abren su bocaza). Las distancias se miden calculando un desplazamiento promedio de 60 kilómetros por hora, así que lo que queda “al lado” para un ciudadano estándar (ergo, motorizado) puede tomarle una mañana entera a uno que se desplaza a la antigua (ergo, sobre sus dos pies).
El transporte público, a excepción de las grandes ciudades, es casi inexistente, y los usuarios son en su mayoría estudiantes, inmigrantes y adultos mayores.
Pero donde el asunto se torna aún mas complicado es a la hora de viajar. Si uno quiere reservar un espacio para acampar en un parque nacional, la primera pregunta que le hacen es el auto que lleva. Y si uno dice que va sin auto, le recomiendan reevaluar su itinerario y buscarse otro panorama, o arrendar un cacharro al menos por un par de días. De mochileo, ni hablar. Nadie lo recomienda y las historias que corren son como para disuadir a cualquiera con un mínimo instinto de supervivencia; tiendo a dudar de ellas, pero la verdad es que no pretendo ir a probar su verdad o falsedad arriesgando el pellejo. Hasta para hacer un simple cruce en ferry se da por sentado que los que viajan son autos, rellenos de seres humanos. Para encontrar la opción “sin vehículo” hay que hacer peripecias, ya que yace escondida en un vericueto del folleto informativo que apenas se ve: (casi) nadie cabe en esa categoría.
Si existe algo así como el avance de la civilización, apostaría mis pies a que no será sobre cuatro ruedas, y a que la autoestima se medirá no por los anexos materiales que llevamos a cuestas, sino por los intangibles que acarreamos dentro. Armar la vida a escala vehicular y no humana no es obvio ni es progreso; es solo una convención que funcionó durante un rato y que probablemente, como todas las convenciones humanas, habrá que reevaluar. Ante tanto alegato frente a la mecanización y automatización de la vida diaria, recuperar nuestro pasado peatonal no sería más que una manera de recuperar nuestra independencia.

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Un comentario en “16/01/10 Autoestima

  1. Si bien estoy de acuerdo con Alejandra en que existe una cultura del autómóvil bien arraigada en este país, también existen formas alternativas de transporte. Buenas ciclovías y circuitos para caminatas existen en todas partes, incluso en las grandes ciudades como Sydney y Melbourne.
    La publicidad y el marketing han creado necesidades ficticias promoviendo el uso del autómovil atribuyéndole mayor autoestima, estatus, y no se cuanta cosa más a los usuarios de unos armatostes mecánicos contaminantes.

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