12/09/09 Los segadores y la segadora

Vi hace algunos días un documental francés que me dejó pensando: se llama “Les Glaneurs et la Glaneuse” (“Los segadores y la segadora”), de la artista visual Agnès Varda, que explora la vida de un grupo de personas prácticamente extinto en la sociedad actual, pero que alguna vez fueron tan comunes y corrientes como el sol de cada día: quienes recogían lo que quedaba en los campos después de las cosechas. El pintor Jean-François Millet inmortalizó la escena en 1857, con tres campesinas agachadas rastreando el suelo en busca del último grano de trigo. Varda, en 2000, retoma el concepto y juega con él, investiga si aún quedan segadores en la industrializada campiña francesa y descubre que sí, y no sólo eso: la institución también se ha trasladado a los suburbios, encarnada en los pobres, indigentes o personajes alternativos que ya no escarban los suelos arados, sino los tachos de basura, en busca de algo para echar a la olla.
El documental, agudo y provocador, evocó en mí recuerdos de infancia, cuando acompañaba a mi tía Ema al fondo de su patio en Puerto Natales a recolectar las deliciosas papitas “chancheras”, ésas que quedaban escondidas entre las melgas y que –como su nombre lo dice– eran para alimentar a los animales domésticos. Nunca las comí más ricas, doradas en mantequilla al horno… No tenía idea entonces que lo que estábamos haciendo era mantener una costumbre ancestral, donde los frutos de la tierra se valoraban tanto que era una ofensa dejarlos podrirse.
Dicho esto, Les Glaneurs et la Glaneuse deja en estado de shock, sobre todo al mostrar las toneladas de papas, manzanas y cuántas otras verduras y frutas que hoy se amontonan en pilas de descarte en los campos europeos, porque no cumplieron con las medidas o los colores o las texturas solicitadas por el exigente público. Menos mal, aún quedan quienes se espantan ante el derroche y hacen algo al respecto: a diferencia de las mujeres de Millet, sin embargo, los segadores del siglo XXI llegan en camioneta y se van con cientos de kilos de comida gratis. En la ciudad, en tanto, la costumbre sobrevive en quienes recorren atentos cada noche los contenedores de los supermercados: quesos, pescados y carnes recién vencidos, platos preparados que no se vendieron en el día, paltas maduras y baguettes salidas del horno hace menos de 24 horas conforman la amplia y variada oferta. Varda ensalza el rol de estos recicladores humanos que se rebelan –por necesidad o por principios– ante el exceso enfermizo de su sociedad. Son un grupo en constante crecimiento y respetan una serie de reglas no escritas, desde repartirse tácitamente los puntos de recolección hasta llevarse sólo lo necesario, dejando el resto para los que vendrán. Mientras los veo en la pantalla preparando una sopa contundente, no puedo dejar de celebrar su causa, ni de pensar en la sabiduría práctica de mi tía Ema.

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