10/10/09 El estirón (Parte I)

El estirón (Parte I)

Si algo había de bueno en volver al colegio tras las vacaciones, era la expectación de cómo llegarían los compañeros, transformados después del verano. Nunca faltaba la que se había ido en diciembre del color de una hoja de oficio y volvía en marzo como una hoja de calco, “bronceada” según ella (carbonizada, según yo); o la que había convertido su pelo en un mostrario de trenzas jamaicanas; o el flaco que, deportes mediante, llegaba luciendo sus nuevos bíceps. Pero sin duda, los años más sorprendentes eran entre los 13 y los 15, cuando los chicos de siempre se pegaban el famoso “estirón”, y llegaban mirando hacia abajo a los que antes los despreciaban por “petacos”. Con varios centímetros de altura extra, estos individuos se reconocían fácilmente porque andaban chocando con los escritorios, las sillas y la gente. A la hora de comer, sus brazos se pasaban a llevar vasos, platos y cuanto obstáculo se les presentara. Eran, como dice el refrán, tan torpes como elefantes en una joyería; hasta que la adaptación llegaba, y finalmente asumían su tamaño y su ampliado radio de acción.
Actualmente, creo que es posible comparar la situación de nuestra humanidad con la de un adolescente que apenas ha sufrido el “estirón”. Por un lado, acciones que a lo largo de la historia tuvieron consecuencias acotadas hoy pueden producir efectos masivos (para bien o para mal); por otro, seguimos funcionando con parámetros obsoletos, que alguna vez sirvieron como mecanismos adaptativos pero cuya única justificación es la costumbre.
Veamos un ejemplo (dejo otro para una próxima entrega). Cuando mi madre se arrancaba con sus amigas al quiosco de calle Roca a tomarse un café, no se le hubiera pasado por la mente preguntar si el grano era tipo arábiga de Etiopía o robusta de Perú. Menos aún habría inquirido cuánto se les había pagado a los productores, o si la marca de la competencia les daba a éstos un trato mejor. Tampoco habría tenido mucho sentido hacerlo, porque esa información era escasa y su capacidad de afectar la oferta era –o se creía que era– inexistente. Hoy, en cambio, el poder de los consumidores sí que puede hacer una diferencia, pero seguimos casi sin aprovecharlo. En teoría al menos, hoy podemos preguntar de dónde viene ese grano, cuánto costó producirlo y qué porcentaje de la ganancia se llevaron proveedores y distribuidores. Podemos decidir si optamos por una marca de “comercio justo” o por la “aparentemente” más barata (“aparentemente”, porque el bajo costo se obtiene en realidad al precio de bajos estándares laborales y ambientales, que al final nos afectan a todos). Para seguir con la analogía, en este caso cotidiano somos como quinceañeros que, sin acostumbrarnos a nuestro nuevo cuerpo aumentado, todavía creemos que no alcanzamos las galletas en la repisa más alta de la despensa… cuando lo cierto es que nos bastaría con estirar la mano.

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