02/01/10 Diminutivos peligrosos

Tuve una vez un jefe (ya no más, por suerte) que cuando llegaba, cada mañana, pasaba por mi oficina y nos decía a las tres mujeres que la habitábamos: “Buenos días, niñitas”. Puntarenense como soy, nunca había escuchado antes semejante expresión, así que la atribuí primero a la manera santiaguina de expresar afecto. “Niñitas, no se olviden de que hoy hay reunión de pauta”. “Niñitas, esto”. “Niñitas, lo otro”. Pero mi hipótesis dejó de funcionar un día en que el susodicho se asomó por la puerta no con una sonrisa, sino con rostro lívido: “Niñitas, tenemos que hablar”. El tono ya no era cariñoso, sino autoritario y condescendiente. Aunque las tres hacía rato habíamos dejado de jugar con barbies y temerle al cuco, nos trataba como mentes infantiles a las que se apela con mandatos y no con argumentos. Apenas tenía un par de años más que nosotras, pero por medio de este artilugio lingüístico creaba una distancia intimidatoria. Para peor, el trato no era simétrico: nosotras éramos sus “niñitas”, pero él no era nuestro “chiquito”. Me pregunto qué habría dicho si le hubiéramos llamado así. Ganas no me faltaron de probar, pero prudentemente me abstuve.
Desde entonces, cada vez que alguien emplea el diminutivo para referirse a otro, me pongo en estado de alerta; más aún cuando ambos no se hallan en una relación de igualdad (como de “chanchito” a “chanchita”, o de “gordito” a “gordita”), sino de subordinación. Es el caso del político que, para probar su empatía y su “sincera preocupación” por el pueblo llano, apela a “Doña Juanita” como el objeto de todos sus desvelos y todos sus afanes. Es claro que “Doña Juanita” aquí no tiene derecho a opinión, sino a recibir y a agradecer tan sólo la benevolente ayuda de quienes la gobiernan; éstos últimos saben de verdad lo que ella necesita, mientras ella sólo cree saberlo. Si se convirtiera en “Juana”, sería un peligro, una molestia, una voz más a la que escuchar.
Lo mismo ocurre entre los patrones y el personal de servicio. Durante años tuvimos en casa a una empleada que era como un miembro más de la familia: la Úrsula, más conocida como “Ucha”. “No me llamo ‘Ucha’, me llamo ‘Úrsula”, alegaba todo el rato, y yo no podía entender el motivo. Ahora le encuentro toda la razón. No es justo que a uno lo tuteen, sin poder tutear de vuelta. No es justo que a uno lo disminuyan, si el otro no está preparado para disminuirse también.
Cuando el uso del diminutivo es unilateral, es un signo –consciente o no¬– de que no nos tomamos en serio al otro, de que le faltamos el respeto. Los viejos son un ejemplo más de esto. Por supuesto que hay amor y cariño en el trato a los Tatitas y Nonitas, pero hay también –dependiendo del contexto– un reconocimiento de que el otro se ha vuelto más indefenso, más dependiente, menos autónomo. Claro que es más fácil vivir en un mundo de pocos iguales y muchos inferiores, pero que sea lo más fácil no significa que sea lo más justo. Una reforma en el uso de la lengua cotidiana contribuiría en esta dirección.

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